20050405
¿Quién nos ha de salvar sino el bibliotecario?

Daniel López Salort
Leer El futuro bibliotecario. Hacia una renovación del ideal humanista en la tarea bibliotecaria, de Roberto Casazza (1), no es leer un libro, es llenarse de claridad conceptual y de optimismos fundamentados. El núcleo del bibliotecario futuro, para Casazza, estará en qué concepto se impone: si el del empleado custodio de libros o el del bibliotecario estudioso. Ya en la cita inicial de su trabajo se lo señala nítidamente: “Es presente el tiempo en que la biblioteca es una escuela, en que el bibliotecario es en el más alto sentido un maestro y en que el visitante tiene la misma relación con los libros que el trabajador manual con sus herramientas” (Melvil Dewey). A partir de aquí, Casazza va a exponer sus convicciones en un doble camino. Por un lado, en una crónica histórica breve y severa de personajes y bibliotecas, fundamentalmente en Occidente, y el modo en que se vertebraron. Por el otro, en un análisis detallado de esos conceptos a los que hacíamos referencia más arriba.
La crónica histórica es apasionante a pesar de su brevedad. Comienza con aquellos bibliotecarios de Sumer, 3200 a.C., cuya función principal eran las colecciones de testamentos y certificados de propiedad. No más que los asistentes de un escribano contemporáneo. Pero en la Grecia clásica los bibliotecarios eran no sólo clasificadores, ordenadores y curadores sino también personas de estudio, como Teofrastro en el liceo aristotélico. Por ello es que en diversos períodos y culturas posteriores el bibliotecario era designado por el rey, a la vez que tutor de la familia real. E incluso aconsejaban a veces en cuestiones políticas o sociales. Se puntualiza cómo esa línea de funcionamiento sigue con la Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, la que contó entre sus directores a Apolonio de Rodas, siendo su sucesor Eratóstenes, uno de los mayores eruditos de su tiempo, recordado por su cálculo de la circunferencia de la Tierra (esa Biblioteca y ese Eratóstenes tan admirados por Carl Sagan). Sin olvidar que supo trabajar en ella nada menos que Hipatía. Otro de los nombrados es Severino Boecio en el V, en Roma, traductor de Aristóteles al latín y escritor de obras de lógica (pensemos simplemente en su La consolación de la filosofía, tan fundamental para las reflexiones nominalistas de muchos siglos después). Pero no debe el lector dejar de lado la inmensa tarea de los árabes en España, con sus escuelas de traductores y sus tareas de bibliotecarios, produciendo sus Avicena, Averroes, Alfarabi, Albumasar. Son las bibliotecas benedictinas, tan caras a la narrativa de Umberto Eco, las que en sus scriptorium conservaron las grandes obras del pensamiento y la creación humana, llevando esa antorcha hasta la habitación donde Gutenberg hiciera su trabajo. Y qué no decir de un Marsilio Ficino en el Renacimiento y sus traducciones platónicas, a la vez que la conservación de todos los textos griegos coleccionados por Cosme de Médicis. También se rememora a Leibniz como bibliotecario en la Herzog-Augist-Bibliothek Wolfenbütel, quien además diseñó un sistema de clasificación cuyo objetivo hoy se concreta de algún modo con la universalización del ISBN y del ISSN. A Inmanuel Kant, bibliotecario auxiliar en el palacio real de Könisberg. A Goethe, en la corte de Weimar y en la Universidad de Jena. A nuestro Paul Groussac, quien por ejemplo para escribir Mendoza y Garay envía a una persona a copiar en los archivos sevillanos documentos que necesitaba para esa escritura, inaugurando un modo investigativo impar. Y también a nuestro Borges de cada día, quien en su período en la Biblioteca Nacional Argentina ejerció su dirección apoyándose en la valía técnica, organizativa y cognitiva de otros bibliotecarios, al mismo tiempo que nos dejaba su práctica y su imagen del bibliotecario profundo, investigador, estudioso, que estudiaba lenguas muertas a la par de otros estudiantes, en un grupito apenas advertido. Es obvio que Casazza explicita y fomenta página tras página al bibliotecario humanista, entendiendo por humanismo una clásica definición de actitud de apertura infinita al aprendizaje de todo lo digno de ser conocido, y una disposición constante hacia el ejercicio de las artes y el incremento de la ciencia en general. Habría que subrayar: humanismo como opuesto a tecnicismo, en el contexto que se sitúa el autor.
Dije que la crónica era el primer camino realizado en este libro. Dije que el análisis es el segundo. Aquí se comienza con el criterio de que hay un divorcio muy creciente entre el orden de la información (entiéndase su clasificación y almacenamiento), y el valor de la misma (como es notable en la red informática, donde la profusión de datos no se iguala a la calidad de los mismos dado la heterogeneidad de éstos). Se cita luego a Platón y a su desconfianza del valor de la escritura (en el Fedro, por ejemplo), pues debe estar al servicio del conocimiento y no ser confundida con éste. El límite de la escritura es cuando por sí supera todo (¿debemos pensar en lo que aparecería como su opuesto: McLuhan, donde el soporte por donde transita la información es más importante que la información misma?).
¿Cuáles son las condiciones que nos marcan el bibliotecario del futuro? Ante todo, no se trata de un instrumento del investigador o del lector. Porque no pertenecerá a una biblioteca como almacenamiento y depósito de libros. “El bibliotecario está llamado a ser parte activa en la dolorosa conquista social del conocimiento”, escribe Casazza (p. 71). Me permito llamar la atención sobre el adjetivo dolorosa, ya que no se especifica el por qué de su uso, pero presumo que se trata por las situaciones de postergación y/o indiferencia y/o errónea conceptualización en que se halla la tarea bibliotecaria, hechos que vienen adecuadamente señalándose a lo largo del libro. Toda biblioteca será entonces un recurso, parte fundamental del concepto que se elabora. No muy distintos en este estricto sentido son los criterios de Eduardo Grüner, en la revista La Biblioteca que anteriormente comentara aquí mismo, quien partiendo de John Berger (The historical function of the Museum, Selected Essays, Vintage Books, New York, 2003), en su artículo Ni caverna ni laberinto: biblioteca, expresa que los libros o las obras de arte son la manifestación de una experiencia humana, son parte de un proceso de producción y no un producto terminado, verdaderos works- in- progress. Ese futuro bibliotecario será en consecuencia un profundo conocedor de los sistemas de catalogación, deberá tener adaptación permanente a los nuevos aportes técnicos y tecnológicos en constante renovación y suplantación, será atinado que se produzca un desarrollo individual de la particularidad de cada bibliotecario pues unos y otros se orientarán hacia especializaciones como preservación, legislación, etc. Será un profesional al servicio del lector, no al servicio del libro, capaz de elaborar incluso proyectos institucionales y organizacionales.
Es hasta sorpresivo si se quiere, mínimamente: llamativo, que el bibliotecario futuro proyectado por Casazza se vertebre desde Melvil Dewey, cuyo texto citado se remontan a 1876, y se contraponga al de Haroldo Díes, quien en pleno 1970, (en su Prefacio a Pierce Butler: Introducción a la biblioteconomía, México, p.6.) dice, por ejemplo, que las bibliotecas son el archivo de la sabiduría humana. Definición que para el autor de este libro contiene dos errores. Primero, que la biblioteca no es un archivo, una colección de pasados, mero depósito de lo escrito. Segundo, que la sabiduría humana no es archivable, es un estado que se logra al haber alcanzado el hombre su aprendizaje de vivir. Digo que es sorpresivo y llamativo que algo postulado cien años antes de Díes es absolutamente contrapuesto a lo de éste, y por si fuera poco con más visión de futuro. Como para dar otra muestra de lo erróneo de aquéllos que creen en un progreso lineal del conocimiento y se olvidan -fatalmente- de las investigaciones en tal sentido de Khun y de Lákatos.
Uno de los últimos tópicos considerados es el de si la bibliotecología debe tomarse como ciencia. El criterio es aquí pragmático: observa los proyectos económicos y de poder que subyacen en dichos postulados, y prefiere un atajo práctico, un esquema de trabajo que no se pierda en las teorizaciones, adelantando un sencillo concepto: debemos comprehender la bibliotecología como un saber teórico-práctico que organiza conceptual y físicamente la totalidad de las manifestaciones registradas del conocimiento humano, preservándolas al mismo tiempo para las generaciones futuras, y que ofrece una guía a quienes se hallen en un proceso de aprendizaje o de estudio, brindando así los elementos para profundizar ese proceso. En cuanto a las bibliotecas argentinas considera que, a pesar de los enormes problemas y trabas, el bibliotecario ha dejado de ser un mero catalogador, un simple referencista, se ha transformado en un anónimo e imprescindible promotor de la lectura y el estudio, un agente de la cultura, activo y responsable (2). Donde los límites naturales y lógicos de un saber holístico y diversificado, al modo de los hombres de la antigüedad y del Renacimiento, resultan evidentemente imposibles.
La crónica histórica es apasionante a pesar de su brevedad. Comienza con aquellos bibliotecarios de Sumer, 3200 a.C., cuya función principal eran las colecciones de testamentos y certificados de propiedad. No más que los asistentes de un escribano contemporáneo. Pero en la Grecia clásica los bibliotecarios eran no sólo clasificadores, ordenadores y curadores sino también personas de estudio, como Teofrastro en el liceo aristotélico. Por ello es que en diversos períodos y culturas posteriores el bibliotecario era designado por el rey, a la vez que tutor de la familia real. E incluso aconsejaban a veces en cuestiones políticas o sociales. Se puntualiza cómo esa línea de funcionamiento sigue con la Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, la que contó entre sus directores a Apolonio de Rodas, siendo su sucesor Eratóstenes, uno de los mayores eruditos de su tiempo, recordado por su cálculo de la circunferencia de la Tierra (esa Biblioteca y ese Eratóstenes tan admirados por Carl Sagan). Sin olvidar que supo trabajar en ella nada menos que Hipatía. Otro de los nombrados es Severino Boecio en el V, en Roma, traductor de Aristóteles al latín y escritor de obras de lógica (pensemos simplemente en su La consolación de la filosofía, tan fundamental para las reflexiones nominalistas de muchos siglos después). Pero no debe el lector dejar de lado la inmensa tarea de los árabes en España, con sus escuelas de traductores y sus tareas de bibliotecarios, produciendo sus Avicena, Averroes, Alfarabi, Albumasar. Son las bibliotecas benedictinas, tan caras a la narrativa de Umberto Eco, las que en sus scriptorium conservaron las grandes obras del pensamiento y la creación humana, llevando esa antorcha hasta la habitación donde Gutenberg hiciera su trabajo. Y qué no decir de un Marsilio Ficino en el Renacimiento y sus traducciones platónicas, a la vez que la conservación de todos los textos griegos coleccionados por Cosme de Médicis. También se rememora a Leibniz como bibliotecario en la Herzog-Augist-Bibliothek Wolfenbütel, quien además diseñó un sistema de clasificación cuyo objetivo hoy se concreta de algún modo con la universalización del ISBN y del ISSN. A Inmanuel Kant, bibliotecario auxiliar en el palacio real de Könisberg. A Goethe, en la corte de Weimar y en la Universidad de Jena. A nuestro Paul Groussac, quien por ejemplo para escribir Mendoza y Garay envía a una persona a copiar en los archivos sevillanos documentos que necesitaba para esa escritura, inaugurando un modo investigativo impar. Y también a nuestro Borges de cada día, quien en su período en la Biblioteca Nacional Argentina ejerció su dirección apoyándose en la valía técnica, organizativa y cognitiva de otros bibliotecarios, al mismo tiempo que nos dejaba su práctica y su imagen del bibliotecario profundo, investigador, estudioso, que estudiaba lenguas muertas a la par de otros estudiantes, en un grupito apenas advertido. Es obvio que Casazza explicita y fomenta página tras página al bibliotecario humanista, entendiendo por humanismo una clásica definición de actitud de apertura infinita al aprendizaje de todo lo digno de ser conocido, y una disposición constante hacia el ejercicio de las artes y el incremento de la ciencia en general. Habría que subrayar: humanismo como opuesto a tecnicismo, en el contexto que se sitúa el autor.
Dije que la crónica era el primer camino realizado en este libro. Dije que el análisis es el segundo. Aquí se comienza con el criterio de que hay un divorcio muy creciente entre el orden de la información (entiéndase su clasificación y almacenamiento), y el valor de la misma (como es notable en la red informática, donde la profusión de datos no se iguala a la calidad de los mismos dado la heterogeneidad de éstos). Se cita luego a Platón y a su desconfianza del valor de la escritura (en el Fedro, por ejemplo), pues debe estar al servicio del conocimiento y no ser confundida con éste. El límite de la escritura es cuando por sí supera todo (¿debemos pensar en lo que aparecería como su opuesto: McLuhan, donde el soporte por donde transita la información es más importante que la información misma?).
¿Cuáles son las condiciones que nos marcan el bibliotecario del futuro? Ante todo, no se trata de un instrumento del investigador o del lector. Porque no pertenecerá a una biblioteca como almacenamiento y depósito de libros. “El bibliotecario está llamado a ser parte activa en la dolorosa conquista social del conocimiento”, escribe Casazza (p. 71). Me permito llamar la atención sobre el adjetivo dolorosa, ya que no se especifica el por qué de su uso, pero presumo que se trata por las situaciones de postergación y/o indiferencia y/o errónea conceptualización en que se halla la tarea bibliotecaria, hechos que vienen adecuadamente señalándose a lo largo del libro. Toda biblioteca será entonces un recurso, parte fundamental del concepto que se elabora. No muy distintos en este estricto sentido son los criterios de Eduardo Grüner, en la revista La Biblioteca que anteriormente comentara aquí mismo, quien partiendo de John Berger (The historical function of the Museum, Selected Essays, Vintage Books, New York, 2003), en su artículo Ni caverna ni laberinto: biblioteca, expresa que los libros o las obras de arte son la manifestación de una experiencia humana, son parte de un proceso de producción y no un producto terminado, verdaderos works- in- progress. Ese futuro bibliotecario será en consecuencia un profundo conocedor de los sistemas de catalogación, deberá tener adaptación permanente a los nuevos aportes técnicos y tecnológicos en constante renovación y suplantación, será atinado que se produzca un desarrollo individual de la particularidad de cada bibliotecario pues unos y otros se orientarán hacia especializaciones como preservación, legislación, etc. Será un profesional al servicio del lector, no al servicio del libro, capaz de elaborar incluso proyectos institucionales y organizacionales.
Es hasta sorpresivo si se quiere, mínimamente: llamativo, que el bibliotecario futuro proyectado por Casazza se vertebre desde Melvil Dewey, cuyo texto citado se remontan a 1876, y se contraponga al de Haroldo Díes, quien en pleno 1970, (en su Prefacio a Pierce Butler: Introducción a la biblioteconomía, México, p.6.) dice, por ejemplo, que las bibliotecas son el archivo de la sabiduría humana. Definición que para el autor de este libro contiene dos errores. Primero, que la biblioteca no es un archivo, una colección de pasados, mero depósito de lo escrito. Segundo, que la sabiduría humana no es archivable, es un estado que se logra al haber alcanzado el hombre su aprendizaje de vivir. Digo que es sorpresivo y llamativo que algo postulado cien años antes de Díes es absolutamente contrapuesto a lo de éste, y por si fuera poco con más visión de futuro. Como para dar otra muestra de lo erróneo de aquéllos que creen en un progreso lineal del conocimiento y se olvidan -fatalmente- de las investigaciones en tal sentido de Khun y de Lákatos.
Uno de los últimos tópicos considerados es el de si la bibliotecología debe tomarse como ciencia. El criterio es aquí pragmático: observa los proyectos económicos y de poder que subyacen en dichos postulados, y prefiere un atajo práctico, un esquema de trabajo que no se pierda en las teorizaciones, adelantando un sencillo concepto: debemos comprehender la bibliotecología como un saber teórico-práctico que organiza conceptual y físicamente la totalidad de las manifestaciones registradas del conocimiento humano, preservándolas al mismo tiempo para las generaciones futuras, y que ofrece una guía a quienes se hallen en un proceso de aprendizaje o de estudio, brindando así los elementos para profundizar ese proceso. En cuanto a las bibliotecas argentinas considera que, a pesar de los enormes problemas y trabas, el bibliotecario ha dejado de ser un mero catalogador, un simple referencista, se ha transformado en un anónimo e imprescindible promotor de la lectura y el estudio, un agente de la cultura, activo y responsable (2). Donde los límites naturales y lógicos de un saber holístico y diversificado, al modo de los hombres de la antigüedad y del Renacimiento, resultan evidentemente imposibles.
¿Cómo cerrar esta reseña de El futuro bibliotecario? Muy simple: diciendo que es imprescindible su lectura. Breve y contundente. Apasionante y motivador. No pocos elogios son los que hay que hacer llegar a la Biblioteca Nacional Argentina por estas publicaciones que ha emprendido. Me pregunto: ¿no debería este libro ser de lectura y discusión en las aulas de cualquier tipo? Me pregunto: ¿alguien sabe si esto se está realizando en algún lugar, ya sea por cuestiones programáticas o iniciativas personales del docente, con este texto u otros similares? Me pregunto: al definir el bibliotecario futuro ¿qué biblioteca futura estamos definiendo, qué lector futuro queremos?
Tal vez parte de esas respuestas las formulara Walt Whitman, cuando exclamara Quien toca este libro no toca un libro, toca un hombre.
(1) Colección Ensayos y Debates, Biblioteca Nacional Argentina, Buenos Aires, 2004.
(2) Este aspecto personalmente lo he podido constatar en muchas de las llamadas Bibliotecas Populares, en Córdoba, donde estudiantes secundarios y universitarios las transforman prácticamente en un aula más de sus estudios por la diversidad de actividades que allí se desarrollan, siendo los bibliotecarios esa guía que reclama este libro, en numerosos casos a pesar de su limitada formación en tal sentido y motivados desde la pasión por la lectura y el aprendizaje y el servicio al lector.
Comments:
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¡Qué bendición para los que viven en ciudades donde se promueve la cultura a través de las bibliotecas!
Y qué maldición llevamos los que estamos en ciudades vacías.
¡Ya que llegue el futuro!
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